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Número 22º - Noviembre 2.001


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DE NUEVO, MÚSICA

Por Antonio Heredia Bayona. Doctor en Biología Molecular y profesor titular de la Univ. de Málaga.


Estudiante de música

           A fuerza de repetirlo se va a convertir en un tópico. O quizás ya lo sea. Hay un especial desencuentro entre nuestra sociedad y la denominada música clásica. Los datos publicados hace algo menos de un año por la Sociedad General de Autores de España indicaban que cerca del 95% de los españoles no habían asistido nunca a un concierto de la denominada música culta. Este porcentaje sería incluso bajo para la población de mi ciudad y su área metropolitana teniendo en cuenta la asistencia habitual a los conciertos programados de la Orquesta Ciudad de Málaga. Además, la edad media de los asistentes a los conciertos es alta lo que parece contrastar con la evidencia cotidiana del elevado  número de niños y jóvenes que solicitan un ingreso, por otro lado difícil de conseguir, en los conservatorios y las escuelas de música. Agudizando aun más este contraste, las autoridades educativas recortan el número de horas dedicadas a la música en la enseñanza secundaria obligatoria.

               Pocos discutirían que la situación comentada anteriormente es, ante todo, un problema de educación. De una carencia de educación musical. Hay generaciones de españoles, entre los que me incluyo, que nunca tuvieron el más mínimo acceso a una educación musical elemental. Los raros casos de estudios musicales se daban, sobre todo, en las personas de alto nivel económico y social y, de forma meritoria, en determinadas y concretas regiones de nuestro país donde hay una tradicional aproximación a la música desde los primeros años. Hoy día la situación ha cambiado y las posibilidades de nuestra sociedad han mejorado de modo que el hecho musical es aplastantemente cotidiano. Sin embargo es dudoso que nuestra educación musical, en su concepción global, haya progresado al mismo ritmo que nuestras posibilidades. Sin duda, el valor que se otorga a la educación musical sigue siendo bajo. Podríamos decir que es, además, secundario. Pero es, sobre todo, injusta y desgraciadamente bajo.

            Recuperar el nivel que corresponde a la música en nuestra sociedad actual es una compleja tarea en la que todos, padres, docentes y profesionales de la música, han de involucrarse. Se trata de poner a trabajar un mínimo de sensibilidad y sentido común. Para poner en evidencia algo tal elemental y sublime como que, al igual que la luz se manifiesta a sí misma y a la oscuridad, el sonido se define a sí mismo y al silencio. Luz y sonido definen nuestros queridos sentidos de la vista y el oído. Pero al igual que tenemos que aprender y enseñar a mirar, tenemos que aprender a saber escuchar. Para, como decía Antonio Machado, así “...distinguir las voces de los ecos. Y elegir entre todas una”. Intentando hacer una lectura diferente de lo que nos rodea. Con todos nuestros sentidos, sin prisas, aliándonos con el tiempo y con un mínimo de atención. Esto engloba desde el sonido que produce el viento entre unas ramas hasta la compleja interacción de sonidos de los instrumentos de un cuarteto de cuerda. Valorando, a la vez, el silencio. Auténtico lujo en nuestros días y que nadie como el músico es capaz de aprehenderlo para darle una belleza idéntica a la vibración en el aire de un acorde musical.

            Una nueva educación musical debe, además, acabar de una vez con falsos e injustos tópicos. Debe valorar en su justa medida al profesional de la música, a su trabajo y formación y erradicar la obsoleta imagen bohemia del músico y de su trabajo que aun se conserva en algunas personas. Debe erradicar el concepto de que la música clásica y toda la música de calidad que ha conseguido llegar hasta nuestro días para convertirse en música de siempre y para siempre, es elitista, aburrida, incomprensible, cara e inabordable. De que esta música sirve para “relajar”, magnífica tontería cuando es válida justo para lo contrario: para incitarnos a sentir y, más aun, para ser. Frente a la música trivial y oportunista que nos inunda por doquier hay que interponer la riqueza infinita de nuestro patrimonio de música de calidad, aproximarnos a su esencia, a su misterio y a su belleza. Las nuevas, y más numerosas, generaciones de estudiantes de música de nuestros pueblos y ciudades, formados las más de las veces con más devoción y pasión que medios, constituyen una buena ocasión para poder desarrollar un nuevo modo de educación musical.

           En esta era de globalización en que estamos inmersos, llena de frías realidades virtuales, en la que parece, que todo el mundo está al alcance de la mano y dónde se combate el tiempo a fuerza de devorar la distancia, habría que hacer una nueva apuesta por una lectura personal más lenta y sosegada de nuestro mundo inmediato. Parafraseando la conocida frase de Van Gogh, intentando encontrar en esa lectura toda la belleza que podamos. Hay formas subjetivas de hacerlo y experimentarlo a diario, pero es, sin duda, en la música, la pintura, la literatura, en la creación humana, en la poiesis, dónde siempre podremos encontrarla. Es en esta relación con nuestro mundo, tan vieja como la humanidad, cuando ocurre un fenómeno singular que tan bien describe un apasionado de la música como es George Steiner, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades de este año, al afirmar que la poesía, la luz y color en un cuadro y la gran música hablan en el momento exacto en que las palabras fracasan. La lectura de la música de Steiner es pasional: para él es la nominación de la vida. El rerum concordia discors de los latinos. Expresa los más elevados estados de conciencia humana. Funciona al margen del bien y del mal. Posee a los hombres, pero no es poseída por ellos. Esta visión es compartida, estoy seguro, por muchos aficionados a la música de siempre. En ésta se encuentran composiciones, creaciones, que llevan hablándonos desde hace muchos años de alegrías y tristezas, de orgullos y guerras, de odios y esperanzas, de amor y melancolía, de sensualidades y de espantos, de Dios...

            Con la llegada del otoño tradicionalmente comienza una nueva temporada de conciertos. También en mi ciudad. Puede ser una magnífica ocasión para iniciarse y acercarse a la gran música. Pero la música necesita ser interpretada, recibida y modulada en nuestros cerebros de oyentes. Y para ello, la música y el músico necesitan de la presencia del público, de su público como nos recordó el maestro Rahbari en el último concierto de temporada de la Orquesta Ciudad de Málaga, de la cual es titular. Para, en esa mágica relación entre intérprete y receptor, sentir esa indefinible y sutil sensación de que hay algo en nosotros que puede ser sin nosotros y que no podemos explicar cómo entró en nosotros. Quizás sea el espíritu de la música. De ese arte, como lo definió Hegel, al que el alma recurre para influir en las almas. Vale la pena intentarlo. Música, maestro.