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Número 7º - Agosto 2000


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MAURICE RAVEL: EL ORFEBRE SABIO.

Por Juan Manuel Cisneros

"He fracasado en mi vida...No estoy entre los grandes compositores. Todos los grandes han creado muchísimo. Sus obras lo tienen todo. lo mejor y lo peor, pero siempre en gran cantidad. Pero yo he escrito relativamente poco..., y lo que he creado me costó una enorme dificultad. Hice mis obras con lentitud, gota a gota...Y ahora ya no puedo hacer nada más y ello no me causa ningún placer."(1917). Son las desesperadas palabras de uno de los mayores maestros que nunca han existido en la creación musical, verdaderamente poseído de tal afán de perfección, de tan elevada exigencia a su arte que iba a ser poco a poco devorado por una inexplicable y absurda oscuridad, por una especie de tirano interior que esclavizaba a su alma tierna pero débil, no quedando nunca satisfecho con los más hermosos diamantes extraídos con dolor de un corazón amable. El duro trabajo de sacar de su espíritu, en el fondo triste, el más bello torrente de luz, consumió de tal manera sus fuerzas que los últimos años de su vida quedaron en tinieblas, los de aquél que supo expresar como nadie la claridad y la transparencia propias de las almas puras. Pero, aún después de haber escrito aquellas palabras tan penetradas de una rara humildad, todavía su delicado corazón tenía muchas bellezas que dejarnos; la extremadamente preciosa suite "Le Tombeau de Couperin", o "La Valse", elegante, irónica y agitada diabólicamente, sin olvidar el ascetismo de la "Sonata para violín y violoncello", en una estética que creemos que lleva su intelectualismo hasta niveles insoportables y asfixiantes para su propia sensibilidad, en la que tenía un fuerte papel lo sensual, como sucede con las canciones de Mallarmé. Otros espíritus de más recia hechura, como Schönberg, Stravinsky o Webern podían entrar sin temblar en estas desoladas regiones. La desnudez que en ocasiones presentan obras como la Sonata para violín y piano nos muestra a un Ravel tan minucioso en la expresión, que parece como si su lenguaje hubiera sido afectado por una fuerza corrosiva brotada de él mismo, que hace que socave sus propios fundamentos y camine hacia su desintegración, sin que esto suponga merma en sus incalculables bellezas. Pero es demasiado para su dulce y gracioso corazón.

¡Ravel, el más exquisito de los creadores! Debiste deponer el triste miedo, y pensar que tu tan esmerado trabajo iba a hacer infinitamente feliz a quien llegara a comprenderlo, que las máginas notas de tu música crearían un mundo de sueños capaz de sostener las más altas aspiraciones de seres que se sienten extraños en este mundo. Que una sola de tus obras podría llevar más lejos a un alma embriagada en su belleza que buena parte de las creaciones de aquellos "grandes" de los que hablabas más arriba; entre tantas obras hay sitio para momentos mejores y peores, pero tú no te permitiste la más mínima debilidad y sólo dabas a luz obras maestras. No es posible comprender que hubiera que pagar un precio por eso, por ser capaz de crear un mundo a través del lenguaje de los sonidos quizá demasiado perfecto, por mostrar la Belleza y sólo la Belleza. El mundo es otra cosa, claro que sí, y toda luz proyecta sombra. Esto es lo terrible.

Ravel, como tantas figuras de la creación musical de este siglo, es un personaje difícil de situar en una estética determinada, o de clasificar de un modo u otro. La primera referencia que suele acudir a todo el mundo es el impresionismo pictórico, como sucede con Debussy, autor al que siempre, y no sin motivo, se le ha relacionado. No obstante, ambos sólo de forma impropia pueden ser llamados impresionistas. Debussy está más conectado, sin duda con el simbolismo poético de figuras como Mallarmé, Verlaine o Réginer, y se sentía molesto ante la palabra "impresionista"; "Intento hacer algo muevo, realidades, por así decirlo: eso que los imbéciles llaman impresionismo", escribió a Durand en 1908 a propósito de sus Images orquestales. El caso de Ravel es aún más claro: los contornos tan precisos de su música la alejan de toda vaguedad "impresionista". Apenas hay un intento de disolución de la tonalidad como en el caso de Debussy; la obra de Ravel ostenta una personal y decidida afirmación de la tonalidad pero ampliada y enriquecida con recursos como la modalidad, la construcción de sonoridades a partir de superponer dos acordes de tonos distintos, la constante aparición de disonancias, que a veces parecén más agresivas que en Debussy -no olvidemos que el vaso-francés fue llamado en su juventud el "enfant terrible"-. Ravel ha sido conectado por algunos al Neoclasicismo, y no deja de ser cierto que esta afiliación se revela más significativa que la de "impresionista", en el sentido de que informa más de su arte. Sabemos que la estética neoclásica tiene manifestaciones muy diversas y confusas en nuestro siglo; podemos citar a Stravinsky, Falla, Bartók, etc. pero coincidiendo en todos casos en un gusto por la claridad y la depuración técnica, una atención a las formas de hacer música de tiempos pasados, pero siempre presentándolas con una fuerte carga de modernidad, y en definitiva, una singular contención e intelectualización de la música que lleva a preocuparse por la perfección de los detalles y por el trabajo bien acabado antes que por mover las emociones con grandes efectos. Ravel es un compositor extremadamente concreto y su música es precisa, equilibrada, transparente, aunque brilla de emoción por todas partes. Pero no es nunca una emoción vulgar o grandilocuente, ya se cuida de ironizar sobre el patetismo romántico y de mantenerse a distancia de los cantos inflados de tremendos sentimientos; su emoción es la íntima confesión de un corazón discreto, amable y delicado, a veces sufriente, otras veces risueño, en ocasiones exultante...pero siempre muy sutil. Todo en Ravel es refinamiento, elegancia y, hay que decirlo, ternura, y sólo quienes no poseen la sensibilidad necesaria para simpatizar con su arte lo acusan de sofisticado, de prestidigitador, o de técnico frío y desapasionado. No todo hay que decirlo a gritos, señores, un espíritu contenido y discreto puede expresar las agitaciones de su corazón sin perder la compostura, y esta es la valiosa enseñanza de los clásicos, no hay arte sin estilización de los afectos. La expresión de las pasiones mismas, sin la adecuada elaboración y mediación del intelecto, puede ser necesaria en la vida, pero insuficiente y vulgar en el arte. Ravel es un espíritu impregnado de clasicismo, pero deja ver sus delicados y dulces sentimientos en el fondo de su arte perfecto, y hay lugar en su obra para verdaderas explosiones de emoción que nos recuerdan a la sorprendente fluidez con la que personas muy tímidas son capaces de hablar de aquello que les llena interiormente, o que conocen en profundidad, al sentirse libres en su mundo.

La producción musical del autor de Jeux d´eau, pese a que tampoco sea muy abundante -a nustro juicio más que suficiente-, ha abarcado prácticamente todos los géneros: la música pianística en forma de piezas sueltas y "suites", donde se encuentran algunos de sus más preciados tesoros; la música de cámara -un trío, un cuarteto, dos sonatas con violín, la sonata de violín y cello, "Introducción y Allegro...", siempre obras logradísimas, como si fueran cada una la culminación de una serie; el universo de las canciones, donde brilla su maestría en el tratamiento de las inflexiones de la voz de acuerdo a la prosodia francesa, así como su raramente precisa expresión del contenido poético; las grandes obras orquestales, con sus prodigios de instrumentación -nadie le ha igualado; da escalofríos pensar qué hubiera hecho con la "Iberia" de nuestro Albéniz si le hubieran dejado-, sus ritmos frenéticos y sus explosiones de color; en sus manos la orquesta es verdaderamente un organismo vivo en continua agitación y mostrando los más variados matices de su ánimo, capaz de adoptar las formas más imaginativas. Como todos los grandes compositores, Ravel tiene infinidad de registros en su expresión de la música, y en estas obras de amplia factura tenemos a un Ravel lleno de energía y poder, con pleno dominio del gigante orquestal, que no parece tener nada que ver con el Ravel intimista y delicado. No obstante, esto no quiere decir falta de conexión entre su obra; para un oyente o estudioso atento, nuestro autor es uno de los músicos con un lenguaje más unitario y consecuente, que dominaba de tal forma su oficio y escribía con tal seguridad, que era capaz de incluir una pieza de su temprana juventud -la "Habanera " de "Sites articulares"- en una obra orquestal tan madura como la "Rapsodia Española". Podemos decir que, sin que haya quedado estilísticamente estancado en ningún momento, ha sido un compositor cuyo lenguaje cristalizó extraordinariamente pronto, adquiriendo una serie de elementos que iban a caracterizarle hasta el final de sus días. Aunque este fenómeno es común a muchos compositores, es menos común atreverse con el cuarteto de cuerdas tan joven como él lo hizo, y siendo su primera y única incursión, dar a luz una obra maestra, inigualable. Destaquemos entre su música de orquesta el concierto para piano en sol, con sus ritmos y recursos jazzísticos, y el fascinante concierto para la mano izquierda, auténtico alarde de virtuosismo donde no se perciben las limitaciones que debiera ocasionar tal disposición; la "Rapsodia Española", "la Valse", obra de vehemente expresión y muy buena, a nuestro juicio, para acercarse a la esencia de nuestro músico; en ella hay burla e ironía, elegancia, ritmo nervioso, maestría de orquestador y en el tratamiento de los "crescendi"; el voluptuoso y colorista ballet "Dafnis y Cloe", manifestación de un mundo helénico más imaginario y edificado en base a lecturas que invitan a soñar, que históricamente real; la prodigiosa orquestación de los "Cuadros de una exposición" de Mussorgsky, etc. No debemos olvidar sus dos óperas, "La hora española", y "El niño y los sortilegios", que no dejan de estar conectadas con otros proyectos teatrales que no llegaron a buen puerto, como el intento de "La campana sumergida", según textos de G. Hauptmann o el oratorio sobre Juana de Arco, ya casi al final de su vida.

No es nuestro propósito detenernos, aunque de muy buen gusto lo haríamos, en los infinitos detalles de sus obras, que quedarían mejor esbozadas en artículos más centrados en alguna parte de su producción, como puede ser la música de piano, e incluso dedicados a una sola obra, pues una página como "Jeux d´eau" abordada con cierta profundidad puede tener muy largo alcance, y llevarnos a su producción anterior, a la evolución de sus diferentes maneras de escritura pianística, a compositores como Liszt o Debussy, por no hablar de las innumerables riquezas inmanentes a la partitura, a niveles más abstractos. Hemos pretendido simplemente trazar un dibujo rápido, a grandes trazos, que nos permita asomarnos por un momento a un arte sincero pero elocuente, que en lo quintaesenciado de su belleza parece provenir de un mundo lejano y precioso, pacientemente construído por un orfebre sabio, protegido de toda amenaza de grosera materialidad o imperfección descuidada. A veces, en este mundo de locura y confusión, el espíritu necesita viajar, como el animal que busca el agua para saciar su sed, a las dulces y perfumadas regiones que le son propias, para no caer en el triste olvido de sí mismo.